Discurso del Ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo. Versión castellano.
Señora ministra; señor vicerrector; señor presidente de la Federación de Comunidades Judías de España; señor presidente del Congreso Judío Europeo; representantes de las comunidades judías de Francia, Alemania, Austria, Bélgica, Italia, Reino Unido, Portugal, Rusia, Rumanía; señor embajador de Israel; señor nuncio; embajadores; diputados; representantes de las instituciones del Estado; y en forma muy especial y afectuosa a la delegación de judíos españoles supervivientes de los campos de exterminio, a quienes hoy va especialmente dedicado este acto de recuerdo, muy buenas noches a todos, señoras y señores; amigas y amigos.

No es la primera vez que nos reunimos para conmemorar de manera oficial y solemne el recuerdo del Holocausto. Desde el año 2004 hemos establecido una tradición que está aquí para quedarse. La memoria de la Shoah, ejecutada, nada menos que en pleno siglo XX, en el corazón de Europa. España, ensimismada durante buena parte de ese pasado siglo en sus propios conflictos, pudo sentirse quizá, durante un cierto periodo de tiempo, escasamente concernida por las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, en la que no participó; como tampoco se sintió concernida por la dolorosa, pero siempre necesaria, labor de reflexión y análisis de la tragedia del Holocausto, la Shoah. Mecida en su papel de refugio y puente de salvación de judíos perseguidos (hoy acotado por los historiadores pero que incluye a aquellos diplomáticos españoles que, actuando mucho más allá de las instrucciones que recibieron, pudieron desempeñar, y desempeñaron, un papel tan inolvidable como el del embajador Sanz Briz, cuya nieta nos acompaña hoy aquí) España permaneció durante décadas alejada del esfuerzo que los intelectuales, los supervivientes, la política y la sociedad europea emprendieron para descifrar aquella quiebra moral. Quiebra que permitió, en palabras de Winston Churchill, que se llevase a cabo "el crimen más grave y monstruoso que haya sido nunca perpetrado en toda la historia de la Humanidad".
Afortunadamente para todos, para los españoles, para el conjunto de Europa y para los judíos del mundo, estamos cambiando todo eso. La recuperación de los valores de la democracia; la transformación de nuestra sociedad y, por supuesto, nuestra incorporación plena a la construcción europea desde hace ya más de veinte años, han permitido a nuestros contemporáneos sentirse, por fin, irreversible e irrevocablemente concernidos por el sufrimiento de todo pueblo oprimido. Como dijo Simone Veil hace apenas dos años, en una conferencia pronunciada en Madrid, "España simboliza ella sola, por su historia, las dos posturas de las naciones hacia los judíos: la de acogida y la fraternidad primero; y la de la intolerancia y la violencia después".
La historia de España, la de la vieja Sefarad, no puede interpretarse ajena a la identidad judía. Tampoco en la España del presente nadie puede sentirse ajeno a la tragedia del Holocausto, por su naturaleza de crimen contra la Humanidad que arrastró con la misma saña destructora a cientos de miles de gitanos europeos; exiliados; opositores políticos, en España y en tantos otros países, de los totalitarismos; a tantos niños; a tantas personas discriminadas en razón de su orientación sexual; a tantas personas dependientes, enfermos, discapacitados; así como a muchos de aquellos que, sencilla y valerosamente, intentaron ayudarles. España sabe también que la indiferencia no es una opción. No solamente es una falta de respeto a quienes han sufrido tanto, sino que nos dejaría, a ellos y a todos, inermes ante el futuro. Si no se cumple con el deber de la memoria, si no se crean en la sociedad los mecanismos de defensa contra toda intolerancia, contra toda violencia, contra todo aquello que nos hace, en definitiva, personas, estaremos siempre en riesgo de deslizarnos por la pendiente que lleva a la deshumanización. Y la deshumanización, como han mostrado tantos testimonios (y citaré aquí a Primo Levi) es la condición del desencadenamiento de la aniquilación de todo lo que merece la pena. El día en que una sociedad consienta, siquiera larvada o subrepticiamente, que prenda el desdén hacia todo aquel que por alguna consideración, por su origen, por sus ideas, por sus diferencias, supuestas o reales, se considera distinto; si se transige con la deconstrucción del otro, del ajeno, del extraño, del inasimilable, se estará abriendo la puerta a una pesadilla opresiva: aquella en la que se juzga al otro no por lo que ha hecho, sino por lo que es. Y de ahí la necesidad imperiosa de mantener siempre la alerta.
En este preciso momento Europa está preocupada. Muchos temen que una cierta subcultura del exceso y la violencia haya prendido en sectores de nuestras capas urbanas, de nuestra sociedad abierta, compleja y plural. No es exacto que se trate de un fenómeno achacable solamente a la marginalidad o a la conflictividad derivada de la integración de una diversidad creciente. No existe violencia gratuita. Detrás de toda violencia, ya se la califique de doméstica o pretendidamente política, hay todo un cuadro siniestro de contravalores arraigados en el desprecio por el ser humano, en el odio, el odio al otro, y, en definitiva, la pendiente hacia la dominación, la discriminación, el racismo, la xenofobia...
De ahí la gran lección, la lección inagotable de la tragedia de la Shoah en el mundo del presente y en el que nos aguarda. Este año nos honran con su presencia en este acto supervivientes de aquella tragedia. La mayoría se reivindican de origen judeoespañol o sefardí: comunidades de Bulgaria, Constantinopla, Salónica, Francia, Rodas... Descendientes de familias que salieron de España tras el decreto de expulsión de 1492 y aún, a pesar de todo, durante generaciones han considerado a España como su lejana segunda patria. Personas cuya lengua materna, música, poesías, tradiciones familiares y culinarias, han guardado largamente un aroma español. Luego fueron una y otra vez perseguidos, deportados, finalmente torturados y, por miles, masacrados en nuevas patrias de adopción cuando sonó la hora del horror. Ellos nos aportan aquí, esta noche, su estremecedor testimonio del reino del espanto. Nos hace bien escucharlo para poder entender y transmitir, así como para poder oponernos, con toda la fuerza y la energía moral que se respira en este encuentro, a los persistentes y obscenos ecos del negacionismo más abyecto, perseguible, ciertamente, en nuestra legislación penal, precursora en el horizonte de un compromiso europeo en esa misma dirección (que España, por supuesto, avala). Hoy los recibimos aquí con emoción y orgullo.
Dentro de muy poco tiempo se inaugurará en Madrid una nueva institución cultural, promovida por el Gobierno, que quiere ser punto de encuentro y de irradiación de la cultura judeoespañola: la llamamos Casa Sefarad Israel. Será un acontecimiento, un punto de partida de una ambiciosa operación de recuperación de esa cultura que tuvo cuna en la España más antigua; que floreció en Al-Andalus y en los reinos cristianos de la Edad Media con figuras de talla mundial como Maimónides, Ibn Gabirol, Ibn Ezra, Yehuda Levi, los hermanos Negrela, Moisés ben Nahhman, Benjamín de Tudela, Tob de León, Abraham Abulafia y decenas de médicos, lingüistas, científicos, políticos, poetas, místicos, administradores excepcionales... Que fue decayendo cuando, a partir del siglo XIV, la política de edificación del Estado nacional quiso identificarse con la homogeneización religiosa y desapareció con la expulsión definitiva en 1492. Como hoy es reconocido por los mejores estudiosos, la semilla de esa gran cultura judeoespañola no se extinguió en España con aquel éxodo. Había echado raíces en España, como en todo el Mediterráneo, por donde se expandió, y se reencarnó en muchos de los grandes escritores, músicos y místicos de los siglos posteriores, incluyendo el Siglo de Oro, varios de cuyas luminarias pertenecían a familias de conversos (o, como se decía entonces, cristianos nuevos).
Acogemos estos días en Madrid una reunión del comité ejecutivo del Congreso Judío Europeo, con representantes de las federaciones judías de Francia, Alemania, Austria, Bélgica, Italia, Reino Unido, Portugal, Rusia y Rumanía. Ilustres personalidades que también nos honran con su presencia en este acto, junto con mi buen amigo, el presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, Jacobo Israel Garzón, y el presidente de la Unión Romaní, el entrañable Juan de Dios Ramírez Heredia. A todos les saludo y con todos podremos abrazarnos en esta misma fecha el año que viene. Muchas gracias.